Gonzalo Sánchez, desde Pinamar
14.01.2009
Consumo vip. Las familias llegan con su doble tracción después del mediodía y arman sus campamentos con sillas, sombrillas, heladeritas, lonas, diarios y revistas.
Ahora que estalló el verano y las playas de la costa atlántica se llenaron de turistas, Pinamar volvió a ofrecer esa postal característica que define sus arenas como reducto del turismo vip: los veraneantes cuatro por cuatro regresaron al mar con sus camionetas todo trapo y el escenario estival, en esta ciudad, aparece copado por bólidos de alta gama. Cerca de veinte mil rodados de este tipo, según estimaciones oficiales, dan vueltas por este lugar durante enero y febrero. Pero giran, también, peligrosamente: no pasa prácticamente un solo día sin que una chata quede involucrada en algún tipo de accidente.
Todos los días, después de las dos de la tarde, la procesión de vehículos atraviesa el centro de la ciudad rumbo a “la frontera”, el límite de los balnearios urbanos, donde comienzan los médanos. Este punto es, además del comienzo de un área natural maravillosa, una bisagra de clases: para los que tienen doble tracción y vehículos aptos, hay posibilidades de consumo y relax –aunque con sus particularidades– kilómetros más allá. Para los clase media que vinieron en auto, en cambio, Pinamar se termina acá.
La marcha de las cuatro por cuatro es una caravana incesante y ruidosa que irrumpe en la arena de los médanos para matar la calma dominante. Una al lado de otra, a medida que transcurre la tarde, las camionetas se van apilando de cara al mar y se convierten en algo así como pequeños paradores unifamiliares donde el visitante puede toparse con un nene lleno de arena clavándose una peli en el DVD portátil o una madre rubia con las tetas nuevas tratando de dorarse como carne a las brasas. A pesar de su sello de exclusividad, los turistas 4x4 son tan ruidosos como los que veranean en playa Bristol. Pero además, sin pensar demasiado, queda claro que generan más basura y que sus conductas impactan en el ambiente mucho más que un pañal cagado frente al hotel provincial.
Por ejemplo, a las playas del parador llamado El Más Allá –algo así como el centro de convención de este tipo de turismo– acaba de llegar una familia. Padre, madre, hijo, hija, hijita, abuela. Se bajan de una Mitsubishi cuyo modelo no importa, pero su tamaño claro que sí, y pelan lona, canasta, una sombrilla, heladerita en la luneta trasera. Música electrónica suave porque el jefe de familia parece ser un canchero bronceado. La abuela no baja de la chata: la tapan con una pila de diarios y la dejan ahí, el día entero, devorando revistas y diarios. Acto seguido, el padre va a comprar comida al parador cercano. Vuelve repleto de bolsas blancas con minutas y ensalada Caesar. El almuerzo es un caos. Se come parado, también adentro, o sobre el capó, o encima de la lona que quedó sepultada debajo de la arena. Y así pasan el día. Luego vendrá el tiempo digestivo, que se hace leyendo Gente o Caras, y finalmente el chapuzón triunfal. En eso, los turistas 4x4 son bastante parecidos a todo el mundo.
“La chata reemplaza a la carpa que se alquila en los balnearios. Y te da un poco más de intimidad. Pero también la posibilidad de ir a dar una vuelta por los médanos. Toda la vida, la prefiero a esa cosa estática de pasarse la tarde mirando el mar desde una carpa”, dice Gustavo Ciccone, dueño de una Ranger doble cabina. Su esposa le pide el bronceador, el tipo levanta el sillón del conductor y en una buchaca, debajo, aparecen una forma de botiquín. “Ves –dice, copado– acá tenemos una pequeña casita.”
Pero además de amables como Ciccone, los veraneantes 4 x4 son algo peligrosos. Porque una jornada de playa en camioneta incluye, además de las olas y el viento, la posibilidad de sufrir algún accidente. “Todos los días pasa algo acá”, explica Robi, el anfitrión en el parador El Más Allá. “Lo más común es que se queden en los médanos porque no saben y se creen que con una 4x4 lo pueden todo, pero también pasa que pisan a alguno o algún choquecito”, explica el hombre que de tanto ir a socorrer camionetas que se quedaron en las dunas se cansó y decidió no hacerlo más. “Ahora cuando vienen a pedirme ayuda, les digo: ‘Tomá, acá tenés el teléfono para arreglar un precio con la grúa’”.
Y así, los que zafan y no chocan, la mayoría, claro, cuando cae el sol vuelven a partir en caravana hacia la zona urbanizada y dejan los médanos agotados, lastimados como nunca, silenciosos, hasta el día siguiente, cuando la locura de motores vuelve a rugir.