La gente que declara que “está aburrida” debe morir inmediatamente. No merecen vivir, son un desperdicio de días y de aire. Su existencia es tan precaria y chiquita, que en vez de sentirse aterrados porque la vida es una sola, no saben cómo llenar sus días para que pasen más rápido. A diferencia del resto del mundo, para ellos la vida es demasiado larga y hay que buscar cosas para apurar el proceso.
De la misma forma, no comprendo cuando dicen que algo está bien “para pasar el rato” o “para matar el tiempo”. Oíganme, anormales, si quieren matar el tiempo o hacer que pase rápido péguense un tiro directamente y dejen de atormentarnos con sus melancólicas y absurdas vidas de planta.
Yo no quiero que el tiempo pase nunca. Ojalá tuviera más. Ojalá pudiera estudiar todas las carreras, dormir la siesta todos los días, viajar por todo el mundo, acariciar a todos los gatos de Buenos Aires, leer todos los libros, mirar todas las películas que se hicieron. Si les sobra tiempo, dénmelo a mí, que lo mato por ustedes.
Cada vez que me cruzo con el conspireta siento unas peligrosas y genuinas ganas de matar. Quiero ajusticiarlo por estúpido, por supuesto, pero además quiero pegarle porque su única ambición en la vida, por encima del amor, del dinero y la salud, es demostrar que es más vivo que yo.
El conspireta es una mezcla de pinchaglobos con mentiroso compulsivo. En su carácter confluyen la fascinación infantil por las teorías conspirativas, el pesimismo absurdo, las ganas de figurar y un razonamiento defectuoso lleno de baches y lugares comunes. Todo junto.
Es un mago inverso que ofrece a quien quiera escucharlo, la secreta ingeniería de todas las conspiraciones del mundo. Es decir, que tiene “la posta” de todos los temas. Desde el misterio de las pirámides hasta los truculentos negociados que un conocido arregla en la municipalidad. Desde el maquiavélico relleno de las salchichas de paquete, hasta la verdadera identidad del doble de Fidel Castro. Lo sabe todo. Lo intuye todo. Lo razona todo. Porque siempre, pero siempre, tiene un conocido infiltrado que lo avivó a tiempo.
Por suerte para nosotros, que somos una manga de retrasados mentales que necesitan su investigación, el conspireta siempre tienen un primo que le “batió la justa”. Que le avisó que la leche de tal marca es la misma que otra, que le dijo que los televisores de plasma duran sólo dos años, o que el verdadero negocio de los bingos es lavar dinero de drogas y prostitución.
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Hay algo que desvela. Necesito averiguar qué estan pensando esos cincuentones rancios, con olor a noche y desodorante de ambientes, que aprovechan cuando esperas el colectivo o caminás sola de noche para arrimarte su enorme auto de remisero premium color bordó y preguntarte si estás solita o te pueden alcanzar a algún lado.
¿Cuál es su expectativa? ¿Se imaginan que vamos a ponernos a charlar, risueñas, y al ver que somos muy parecidos nos vamos a enamorar de su pelada grasienta? ¿Que nos vamos a subir a su chata del amor y vamos a tener sexo desenfrenado a cambio de que nos lleven a casa? ¿De verdad creen que alguien de veintipico de años podría estar interesada en un viejo redondo y fracasado, de 50 años, casado, con un auto horrible y un sweater de colegio? ¿Están locos? ¿Y por qué luego de tantos años lo siguen haciendo? ¿Alguna hija de puta se sube, no?
Recién, en la góndola de aguas saborizadas del supermercado, una promotora me interceptó y me cagó el día. Me vio agarrando unas aguas y me propuso lo siguiente:
—¿Te comentaron la promoción? Si comprás seis productos Gatorade o agua Propel, podés participar de un sorteo por una vincha o una cantimplora— me dijo muy emocionada.
Yo me quedé dura. No sabía si me estaba tomando el pelo o qué. Por un momento pensé que me había querido decir “viaje a disney” o “auto cero kilómetro” y por error había dicho “cantimplora”, pero no había error. Tenía la vinchita de toalla en la mano.
Yo no sé a quién se le ocurrió semejante promoción indigente y miserable, pero me dieron ganas de darle una moneda de un peso a la piba para que se la lleve a la gente de Gatorade. ¿Cómo vas a participar por un sorteo de una vincha? ¿Me estás cargando? Me hizo acordar a esos programas de televisión de cable que sortean una canasta de turrones o un reloj despertador.
Dentro del generoso universo de cosas que me ponen de malhumor, hay algunos resortes que son más sensibles que otros. Las palabras, por ejemplo, son sagradas. Puedo adorar u odiar a alguien sólo por su forma de hablar. No necesito conocer nada más que sus adjetivos, sus giros, sus expresiones para decidir si merece un mimo o una paliza. Me alcanza con que diga alguna cosita para hacerle la cruz para siempre.
Sin embargo, este vicio no tiene nada que ver con la corrección gramatical o con la riqueza del vocabulario. A mí no me interesa que la gente hable bien, sino que evite algunas chanchadas verbales. Hay algunas expresiones puntuales, algunos términos y formas de hablar que me ponen particularmente violenta. Y no porque yo tenga una historia personal con ellas, o porque sean ofensivas. Nada más lejos. Me molestan porque representan una cosmovisión errada del mundo; una clase de humor, o una falta de gracia y estilo, que me resultan insoportables.
La gente que pregunta “¿qué hora son?”, por ejemplo, me provoca un rechazo inmediato. Tampoco tolero a los que preguntan “qué sale” algo, a los que se disculpan antes de decir una guarangada, o a los que pronuncian “güevo”, “güenísimo” y “guielo”. Pero son personas con mañas leves. Sus elecciones orales son horribles pero no hieren de muerte a nadie. Al menos no como otra gente, cuyo discurso es verdaderamente repulsivo. Gente que usa las palabras como las balas de un revolver; gente que toca los resortes más sensibles de mi paciencia.
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Si hoy mismo no hablo sobre los
“motopolichorros” con un tachero, me mato. No puedo pensar en otra cosa. Me imagino al viejo sobre su 504 apestoso, hablando sobre los motopolichorros y se me hace agua la boca.
Dentro de una semana exacta, el día 1 de julio sale a la venta mi primer libro, “Bestiaria”, basado en los textos de este mi primer blog. Va a estar en todas las librerías de Argentina y presumo que lo podrán comprar desde cualquier parte del mundo vía temátika.com. Contiene unos setenta artículos sobre el universo femenino, especialmente aguafuertes, estereotipos y algunas teorías descabelladas. Hay algunos nuevos, otros reescritos, y otros que se ampliaron. Sólo la esencia permanece intacta.
El prólogo es de Hernán Casciari y hay algunas ilustraciones de Celina Hilbert. Acá está la tapa, la contratapa, y la introducción, que también va a estar como adelanto en la página de Alfaguara desde los primeros días del mes que viene.

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Detesto profundamente a la gente que ocupa la vereda con sus porquerías. A los porteros que baldean todos los días, a las madres que se instalan a charlar con otra madre llena de mochilas a la salida del colegio, a los edificios en obra que llenan de volquetes, mezcladoras de cemento y montañas de arena la entrada de un edificio, y por último, a los estúpidos que todavía suben el auto a la vereda, en la entrada de un garaje amigo.
Me parece que la única posibilidad de erradicar este mal es moverlos con una topadora municipal. Una suerte de camioncito muy pintoresco, de color naranja, con una corneta pegadiza, que se llevaría por delante a los porteros y a las madres distraídas, arrastrándolos hasta la esquina.
Cuando la gente normal recibe gacetillas o publicidad indeseada la marca como spam o la mueve a la papelera de reciclaje. Ya están tan acostumbrados, que lo hacen con resignación, como un obrero que palea tierra de siete de la mañana a seis de la tarde.
Yo, sin embargo, que de normal no tengo nada, ni lo borro, ni trato de darme de baja de esa lista macabra. Yo al spam lo contesto. Me gusta suplicarles de forma escandalosa o rezongona que me dejen de arruinar la vida o decirles alguna barbaridad. Incluso si eso activa mi casilla para que me envíen todavía más spam. No puedo evitarlo. Es un vicio como comer bombones o pellizcar nenes gorditos.
A modo de ejemplo, voy a ofrecer algunos casos reales.
1. Este muchacho, por ejemplo, me manda las coplas de Jorge Manrique.

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Hagan el siguiente experimento: pregúntenle a la gente que habla y habla sobre el conflicto del campo qué son las retenciones móviles. Se van a asombrar con las respuestas. Más del noventa por ciento no tiene idea de qué está hablando ni por qué protesta. Apenas balbucean alguna pavada infantil sin pies ni cabeza sobre la falta de aceite.
Vayan, hagan la prueba y me cuentan. Arranquen con sus madres y vecinas.