Critica de la Argentina | La Peleadora | Weblog de Carolina Aguirre / 122 entradas / 66,717 comentarios / feed / comentarios feed

Ayer mimarido volvió a casa a las ocho de la noche. Abrió la puerta, se sacó los auriculares y, como yo estaba hablando por teléfono muy concentrada, me saludó en voz baja.

-¿Con quién hablás?-susurró.
-Shhhhh.
-¡¿Con quién hablás?!- insistió, curioso.
-Estoy contestando una encuesta de salud del Hospital Alemán…

Mimarido abrió los ojos grandes como dos relojes y se quedó así, clavado en la puerta, duro, mudo, aterrorizado, como pidiendome una explicación.

-¿¡Cómo voy a estar contestando una encuesta, Martín?! ¡Estoy hablando con mi mamá! ¡No estoy tan mal todavía!
-¡Y qué se yo! ¡Si estás desconocida!

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Una de las cosas que más odio en el mundo es que alguien te toque el timbre por error. Uno está bañándose, revolviendo un risotto, tratando de bajar a la gata del techo de la biblioteca o durmiendo la siesta, y se ve obligado a interrumpir su actividad porque un tarado con dedos de morcilla no puede retener en su memoria una complejísima fórmula como “1 B”.

Por eso, cuando me tocan timbre y me dicen “Claudia, abrime” o me piden por la dentista Silvina Adorno, me gusta decir “Ojalá te mueras” o “Volá, pelotudo” y colgar el tubo sin mayor explicación. Me hace ilusión pensar que se quedan parados al lado del portero eléctrico sin saber si el dentista está loco o se equivocaron de departamento.

Hoy a las nueve de la mañana, por ejemplo, me despertó el timbre. Salí de la cama corriendo, atendí el portero y pregunté, intrigada:

-¿Sí?
-Dale boluda que hace frío….

Hasta el momento me habían llamado Dra. Adorno, Melissa o Raquel, pero boluda jamás. Al menos no en este edificio.

-¿Quién sos?- pregunté, todavía dormida.
-Dale boluda, la puta madre, me cago de frío, tengo las facturas- insistió un hombre desconocido.

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Cuando me desperté esta mañana después de un sueño tranquilo, me encontré sobre mi cama convertida en algo monstruoso: una persona que se levanta de buen humor. Me toqué la frente, preocupada, pero no tenía fiebre. Me pellizque, previsora, para constatar que no fuese un mal sueño. Y me miré al espejo en el baño, aterrada, para comprobar si yo todavía era yo.  Y más o menos. Porque mi cara era la misma, sólo que yo nunca sonrío antes del mediodía.

No sé qué pasó, pero desde hace ocho días que no peleo con nadie, que no le grito a la cajera del supermercado, que no me enojo porque una fila tarda mucho o que no chisto, indignada, cuando el quiosquero de abajo me cobra treinta centavos más por la coca cola fría. Ni siquiera antes de ayer, cuando los adolescentes estúpidos que viven arriba tocaron la guitarra, salí a gritar al patio que les iba a mandar un sicario.

Todo empezó el día nueve, cuando fui a pagar las expensas al banco. Creo que en ese momento me perdí. Al menos, es el único motivo que se me ocurre ahora mismo, aunque tengo alguna otra teoría.

El Banco Itaú de Santa Fé y Agüero es idéntico a lo que algunos pintores imaginaron como el infierno. A toda hora aloja setenta personas furiosas en veinticinco metros cuadrados, ventiladas por un aire acondicionado arcaico y miserable de doscientas frigorías, tres cajeros que redefinen el término haragán con su lentitud alevosa y una recepcionista ordinaria que dice “vistes” y le explica a los jubilados que deben la tarjeta de crédito a los gritos pelados.

Apenas entré, supuse que me iba a pelear. Vi que iban por el 197 y que yo tenía el 264 y estuve segura: no me iba de ahí adentro sin ensayar una piña. Si hasta podía imaginarme la sangre de una clienta lerda corriendo como lava espesa por el piso, la cabeza de la cajera ensartada en el pasamanos como una brochette y las súplicas de la recepcionista para que no le estrellara su nariz de picaporte contra el vidrio del monitor.

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Desde hace unos días estoy buscando adentro mío algún odio para ofrecerles, pero no encuentro nada. No sé bien qué está pasando, pero estoy de buen humor durante todo el día. La situación es tan grave que ya hace una semana no me peleo con nadie. ¡Una semana! No sé bien qué está pasando, no puedo fruncir el ceño, me he vuelto paciente y respetuosa y me da fiaca pelear. Faltó Vidalia y no lloré. Me atrasaron dos pagos y no estallé de ira. Calculé lo que cuesta irse quince días de vacaciones al sur y no tiré nada por el balcón. Ni siquiera cuando los oligofrénicos de los vecinos nuevos pusieron música y aullaron “uhhhh” “uhhhh” tuve ganas de bajarles la puerta a patadas y amenazarlos de muerte. Hasta me cae bien mi portero. Me desconozco. ¿Será permanente? Tengo miedo.

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Desde hace un tiempo existe una tendencia popular que se encarga de hacer pasar a la gente malagradecida y desconsiderada por "distraída". Se supone que esta gente no es mala, sino que es olvidadiza. "Uh, me re colgué", "Uh, me olvidé", "Uh se me pasó" ¡Pero por favor! Una vez te podés olvidar. Cuando olvidarte de cumplir con tu trabajo, con tus promesas, con tus obligaciones es la norma y no la excepción, no sos un colgado. Sos un cagador oculto.

Les recuerdo amigablemente que pueden seguirme votando en el concurso de la cadena Deutsche Welle, los BOBs para mejor blog en español.  Todos los día se levantan, se lavan los dientes, se hacen el desayuno y me votan. Es una rutina. No me hagan enojar.

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Cuando yo era chica no sabía ahorrar. A diferencia de mis primas, que siempre tenían una caja repleta de billetes planchaditos y relucientes, a mí la plata me quemaba las manos. Si me daban unos pesos, en vez de guardarlos para comprar algo grande, corría directamente al kiosco de mi barrio para transformar el billete en caramelos.

Recuerdo un día preciso en el que mi tío Carlos me había dado cinco australes y decidí comprarme 33 mielcitas y un chicle, pero como el kiosco de la Turca estaba cerrado, tuve que ir a gastar mi fastuoso billete al almacén de Macario, que tenía mucha menos variedad de golosinas que el resto de los comercios.

El almacén de Don Macario era igual a todos los almacenes de barrio. Sucio. Era un agujero en la pared oscuro, sin ventilación, con olor a vinagre, ruido a motor de heladera y un montón de afiches y calcomanías de promociones viejas. Vendía fiambres, galletitas, algunos yogures y un mediocre surtido de almacén que incluía gaseosas, yerbas y alguna mermelada.

Sabía que iba a tener que elegir de lo que tuviera en stock, así que alivió llegar y ver las tiras de mielcitas colgando de un caño negro que recorría toda la heladera de yogures. Las miré, hipnotizada, sin despegarles la vista mientras Macario me preguntaba por mi madre, por mi abuela, por el perro de un vecino que se había muerto y por el auto nuevo de mi papá: ¿Todos bien? ¿Tu abuela cómo anda de la rodilla? Decile a tu mamá que la vi el otro día en la municipalidad, estaba con tu hermano. ¿Tu papá cambió el auto? ¿Sabés si va a vender el viejo? ¿Está bien cuidado? Pero yo no podía entregarme a la conversación porque me estaba imaginando anticipadamente el festín de jarabe artificial en mi boca. Treinta y tres mielcitas me parecían un millón. No se iban a terminar nunca.

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La gente que completa su perfil con sus películas y música preferida es toda estúpida. Y ni hablar de los que aclaran el signo del zoodíaco o ponen una frase de cabecera. Esos están pidiendo a gritos una lobotomía.

1. Que me traten de hipnotizar con técnicas de venta de los años ochenta.

−Hola, Carolina Aguirre, mi nombre es Mariana de Movistar, y queremos premiarla por su consumo…
−Decime, Mariana de Movistar ¿Por qué no me premias dejando de llamarme a las nueve de la mañana para venderme tus chorras promociones de llamadas larga distancia?

2. Que me discutan estupideces sin sentido para desviarse del tema central.

−Mira, hace veinticinco minutos que me dijiste que te espere en línea
−Eso no es cierto, señora Aguirre, fue hace veinticuatro minutos.

3. Que repitan cosas ilógicas sin pensar lo que están diciendo.

−Tiene que volver a llamar al 0800-999-999
−Pero te digo que llamé a ese número y atendiste vos ¡¿Entendés?!
−Sí, pero tiene que volver a llamar al 0800-999-999
−TE DIGO QUE LLAME A ESE NUMERO ANORMAL DE MIERDA ¿TENES SANGRE EN LAS VENAS? ¡TE LO PIDO DE RODILLAS, ESCUCHA LO QUE TE DIGO QUE ME ESTOY VOLVIENDO LOCA!

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La gente que responde "de todo un poco" cuando le preguntan qué música escucha es la misma que se prende en el trencito de las fiestas de casamiento, la misma que hace discos con temas enganchados, la misma que se fanatiza con algunos jingles publicitarios, la misma que mira imitadores de celebridades en la televisión, la misma que compra libros de personajes mediáticos y la misma que vota por teléfono para eliminar a un participante de Gran Hermano.