Cuando me desperté esta mañana después de un sueño tranquilo, me encontré sobre mi cama convertida en algo monstruoso: una persona que se levanta de buen humor. Me toqué la frente, preocupada, pero no tenía fiebre. Me pellizque, previsora, para constatar que no fuese un mal sueño. Y me miré al espejo en el baño, aterrada, para comprobar si yo todavía era yo. Y más o menos. Porque mi cara era la misma, sólo que yo nunca sonrío antes del mediodía.
No sé qué pasó, pero desde hace ocho días que no peleo con nadie, que no le grito a la cajera del supermercado, que no me enojo porque una fila tarda mucho o que no chisto, indignada, cuando el quiosquero de abajo me cobra treinta centavos más por la coca cola fría. Ni siquiera antes de ayer, cuando los adolescentes estúpidos que viven arriba tocaron la guitarra, salí a gritar al patio que les iba a mandar un sicario.
Todo empezó el día nueve, cuando fui a pagar las expensas al banco. Creo que en ese momento me perdí. Al menos, es el único motivo que se me ocurre ahora mismo, aunque tengo alguna otra teoría.
El Banco Itaú de Santa Fé y Agüero es idéntico a lo que algunos pintores imaginaron como el infierno. A toda hora aloja setenta personas furiosas en veinticinco metros cuadrados, ventiladas por un aire acondicionado arcaico y miserable de doscientas frigorías, tres cajeros que redefinen el término haragán con su lentitud alevosa y una recepcionista ordinaria que dice “vistes” y le explica a los jubilados que deben la tarjeta de crédito a los gritos pelados.
Apenas entré, supuse que me iba a pelear. Vi que iban por el 197 y que yo tenía el 264 y estuve segura: no me iba de ahí adentro sin ensayar una piña. Si hasta podía imaginarme la sangre de una clienta lerda corriendo como lava espesa por el piso, la cabeza de la cajera ensartada en el pasamanos como una brochette y las súplicas de la recepcionista para que no le estrellara su nariz de picaporte contra el vidrio del monitor.
Leer completo